Desde chico, siempre soñé con viajar. Soñaba despierto, me imaginaba las grandes ciudades del mundo y a sus calles bajo mis pies. Ya de grande, tuve la oportunidad de realizar algunos viajes, pero casi siempre dentro de mi país o a algún que otro país limítrofe. Aún así, no abandono (bajo ningún punto de vista), mi sueño de recorrer la orbe hasta donde pueda y el Señor, en su Perfecta Voluntad, así me lo permita.
Soy un convencido de que viajar (conocer lugares, gente y costumbres) es una de las pocas experiencias no traumáticas que le permiten al ser humano crecer en su comprensión, no sólo del mundo que lo rodea, sino también de si mismo. Sin embargo, en este último tiempo, comprendí que la verdadera belleza de viajar, no descansa enteramente en el destino al que se espera llegar, sino también en el camino y en la compañía.
El destino, en si, solo crea un marco de percepción diferente de nuestra realidad cotidiana. De tal manera que tiende a deslumbrarnos, al ponernos en un ámbito desconocido.
El camino, es lo que nos marca, lo que nos ayuda a valorar de una forma cuantitativa la experiencia del viaje, propiamente dicho. Sin mencionar que, muchas veces, el camino se torna mas interesante que el destino que se pretende alcanzar.
Así mismo, la compañía es el verdadero condimento de los viajes. Una mala compañía puede arruinar cualquier viaje, sin importar cuán espectacular sea el destino. Viajar bien acompañado, multiplica por varias veces el valor cualitativo de esta experiencia. Siempre que vayas a viajar, asegurate de poner el mismo cuidado, que pusiste eligiendo el destino, en elegir quien te va a acompañar.
En fin, si te ponés a sacar cuentas, planificar un viaje es casi como planificar la vida misma, solo que en proporciones mas pequeñas. En otras palabras, siempre hay que tener bien en claro el destino, elegir bien la compañía y disfrutar al máximo el camino.